Loreley Gaffoglio
LA NACION
Restos humanos pulverizados y esparcidos en un manchón gris como lúgubre testimonio de una catástrofe aérea. La conjura de un centenar de furibundos tornados que acechan de improviso por la noche y arrojan parvas de escombros, llantos y muertes. El relato pormenorizado sobre el comportamiento de una mente depravada que aterroriza en las calles de Belgrano. El alboroto por escándalos sexuales con personajes famosos y los actos privados transformados en "alimento" público.
Todas esas noticias al alcance de los chicos anidan en sus cabezas con una decodificación común: la incertidumbre, la incomprensión y el miedo, producto de un bombardeo informativo que lejos está de ser inocuo.
Los especialistas advierten que las imágenes de catástrofes naturales, tragedias, terrorismo y las de contenido sexual pueden ser factores sumamente perturbadores en la psiquis en formación de los niños. Por su edad, advierten, los límites entre fantasía, imagen virtual y realidad se tornan difusos. Los chicos tampoco logran diferenciar la proximidad de la lejanía y, con ello, la ferocidad de todo acontecer imprevisto asume el poder de una amenaza directa a su mundo interno: ese espacio simbólico en el que incluyen a sus afectos primarios.
Menos aún pueden los niños escindir el hecho unívoco del de la repetición informativa con su eco incesante. Y así, desde su mirada "sesgada", ciertos desastres naturales y sucesos aterradores pasan a ser ubicuos, como sucedió hace una década con sendos aviones que impactaban una y otra vez en las Torres Gemelas.
En tiempos en que las noticias más impactantes burlan cualquier barrera, la alerta de los especialistas foráneos y vernáculos se torna una advertencia de fuerte tono imperativo: es necesario proteger a los niños de la sobreexposición informativa, especialmente a los más sensibles y vulnerables, según advirtieron a La Nacion
La imágenes de alto impacto pueden afectarlos emocionalmente, de manera traumática, ya que se trata de sucesos que no logran elaborar, explican. Temores, nuevos miedos y hasta pánico; ansiedad, estrés y fobias; pesadillas, desvelos, sueño interrumpido u otros trastornos en el descanso pueden ser las consecuencias frente a la exposición de imágenes violentas de una realidad para ellos amenazante.
El bombardeo mediático del terremoto y posterior tsunami japonés, con su consecuente catástrofe, empujó, por ejemplo, al mayor estudioso en sobreexposición informativa y estrés postraumático en la infancia, Magne Raundalen, director del Center for Crisis Psychology, de Bergen, Noruega, a difundir una suerte de protocolo para que los padres pudieran gestionar este tipo de crisis.
Su objetivo apuntó a minimizar posibles secuelas psicológicas en el mundo emocional infantil, siempre frágil.
"Hasta los 10 años -afirma Raundalen-, los padres deben poner un escudo protector ante la penetración informativa de imágenes inquietantes. Y, por debajo de los siete, las noticias sobre desastres, tragedias o guerras deberían estar completamente vedadas."
Raundalen y los especialistas locales coinciden en un punto crucial: los intentos, muchas veces estériles, por cerrar ese "grifo" inagotable de fotos, videos y noticias de último momento, que obliga a los padres a encender televisores y chequear Internet en cualquier situación.
Frente a ello, aconsejan que los progenitores o adultos a cargo hablen, expliquen y ayuden a interpretar con lenguaje claro aquello que el niño ve. Algo así como contrarrestar el poder "dañino" de las imágenes, con el poder "salvador" de las palabras y del habla.
"El niño es un lector permanente de la realidad y no precisamente de aquello que los adultos queremos hacerles creer que sucede", explica la psicoanalista Miriam Mazover, directora de Centro Dos, un centro integral de salud mental.
La necesidad de hablar
"La forma en que las personas elaboramos las cargas pesadas de la vida es hablando, poniéndoles representación a esos estímulos fuertes, ya que, al nombrar algo, se le quita su fuerza traumática. Como el chico no elabora porque no cuenta aún con el bagaje necesario de palabras para nombrar lo que ve, es necesario que sean los adultos los que aporten o les donen esas palabras", afirma.
Mediante juegos, relatos o cuentos, o ensayando una explicación de los sucesos sin mentir ni ahondar en detalles innecesarios se puede abordar la realidad de forma contenedora para el chico, aconseja.
"El niño necesita sentirse seguro, contenido y protegido por los padres. Esa es una condición indispensable para su salud emocional -advierte Mazover-. Si la palabra no está, el chico no elabora. Y todo lo que no se elabora, se repite y luego puede transformarse en un episodio conflictivo y hasta en un síntoma."
Las consultas por este tipo de cuestiones hoy no hacen un número para sopesar, reconoce, por su parte, el doctor José Sahovaler, especialista en infancia y tecnología. "Pero si en esa temática -dice- incluimos las imágenes de violencia desmedida y altísimo erotismo en un seno familiar donde todo se da por entendido y digerido, es más que probable que el niño se sienta internamente desamparado."
En el caso de los prepúberes, de entre 10 y 12 años, otro punto para tener en cuenta, según Sahovaler, apunta a cómo los propios padres asimilan el acontecer exterior: "Si en la casa, cuando se ve el noticiero, impera un clima de pavor, el chico se va a hacer eco de ese clima familiar. Hay en su psiquis una asimilación interpretada entre lo que ve, lo que percibe de los demás y lo que siente".
Eva Rotenberg, directora de Escuela para Padres, sostiene que el poder traumático de ciertas imágenes en el niño se debe a que su impacto trasciende lo que el niño puede entender.
"Son imágenes que a hasta a los adultos nos cuesta digerir. Pero en el niño potencian, además, las angustias de su vida real. Por eso -afirma-, es bueno también preguntarles qué entendieron con lo que vieron, deslizar que aquello tan traumático sucede lejos y que son pocas las posibilidades de que lo afecten a él y a sus seres queridos."
Consejos de expertos
Niños terrorizados: los chicos se asustan más con la violencia de las noticias que con la de los dibujos animados. Hasta los siete años se los debe preservar completamente de las imágenes cruentas. No se debe dejar la TV encendida con noticias de último momento.
Observar signos de ansiedad: por lo general, asoman en el juego y pueden manifestarse a través de diversos indicadores, como el terror a la oscuridad o a alejarse de la madre.
Explicar las noticias: hay que acercarles comprensión de los hechos de forma clara y simple; no mentirles, ahorrarles detalles y llevarles tranquilidad a través de una interpretación serena y lógica de los hechos. Buscar información en caso necesario.
Dejar que ellos expliquen: es importante que los chicos puedan poner en sus propias palabras lo que vieron, oyeron, interpretaron, o expresar sus temores frente a ciertos sucesos. Se puede jugar, dibujar o que sean ellos los que cuenten.
Ser claros y destacar lo positivo: evitar contradicciones para no confundirlos y enfatizar el costado positivo de algunas noticias, como, por ejemplo, los esfuerzos de rescatistas y gente anónima, la solidaridad y los pequeños gestos.
Entre los 3 y los 7 años: no deberían estar expuestos a noticias de guerras, catástrofes, violencia y sexo. Si las ven, se impone una explicación de los padres.
Entre los 7 y los 10 años: se deben aplicar escudos protectores frente al bombardeo informativo. El consejo se sintetiza en "ver menos y hablar más". La explicación de ciertos sucesos es mandatoria.
Mostrando entradas con la etiqueta Notas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Notas. Mostrar todas las entradas
viernes, 17 de junio de 2011
viernes, 10 de diciembre de 2010
La otra Vuelta de Obligado
David Rock / Para LA NACION (Publicado en Edición Impresa el 6 de diciembre de 2010)
El prestigioso historiador británico David Rock, profesor de la Universidad de California, quiso intervenir en la polémica que en esta misma página sostuvieron Pacho O'Donnell y Luis Alberto Romero sobre la Vuelta de Obligado y la visión oficial del nacionalismo argentino.
Como inglés nativo, no veo la década que siguió a 1840, al decir de Churchill, como nuestra hora más gloriosa o "finest hour". En el colegio, a esa década la llamábamos "los años cuarenta hambrientos", no sólo por la catastrófica hambruna irlandesa, sino por la prolongada recesión económica que perjudicó seriamente las vidas de los obreros británicos. Las presiones económicas internas provocaron varias aventuras imperialistas en el exterior, entre otras, las guerras infames del opio contra el imperio chino y la intervención de 1845 en el Río de la Plata. Sólo cerca de 25 miembros de las tropas francesas e inglesas murieron en el conflicto de la Vuelta de Obligado, un acontecimiento casi olvidado en Francia y Gran Bretaña. Las pérdidas argentinas fueron mucho mayores: posiblemente hubo hasta mil muertos. La "batalla" recuerda los episodios imperialistas típicos en la India o en Africa, en los cuales por cada muerto europeo perecieron cincuenta nativos. Pacho O'Donnell define el incidente como "una de las mayores epopeyas militares de nuestra historia". Si eso fuera verdad, la República Argentina habría tenido una existencia casi idílica. Ojalá la historia británica hubiera sido la misma. En Gran Bretaña, el lenguaje de O'Donnell se aplicaría a acontecimientos como el primer día de la Batalla del Somme, el 1° de julio de 1916, cuando sesenta mil soldados ingleses cayeron en los primeros treinta minutos del enfrentamiento, ante las ametralladoras alemanas.
A pesar de su lenguaje exagerado, el artículo de O'Donnell tiene un cierto contenido analítico. Enfatiza, correctamente, la importancia de los barcos de vapor en el conflicto de 1845. Lord Palmerston veía al río Paraná como un sitio ideal para probar los barcos de vapor como máquinas bélicas. Los constructores de este tipo de buques en Inglaterra querían aumentar su producción si aparecían los mercados compradores. Algunos comerciantes de Liverpool soñaron con convertir al gran río (que creían conectado directamente al río Amazonas, a través de las junglas brasileñas) en un segundo Mississippi. Como señala O'Donnell, algunos comerciantes británicos concibieron el plan de redefinir el mapa político de la región del Plata, reduciendo el territorio de la Confederación Argentina y aumentando el de la República del Uruguay.
La batalla de la Vuelta de Obligado resultó una derrota para Rosas, aunque posteriormente él pudo reclamar una victoria estratégica, cuando los británicos abandonaron su acción bélica y volvieron a la diplomacia. Estos evitaron cualquier medida violenta en la construcción de su imperio de negocios en la Argentina. Aunque no discrepo totalmente con O'Donnell, comparto la crítica de Romero de su versión de romanticismo histórico. Nadie debe olvidarse del papel de la demagogia revisionista en la tragedia argentina de los años 70 del siglo pasado.
Romero resume bien las opiniones de muchos historiadores distinguidos y confiables. Sin embargo, tanto él como O'Donnell no mencionan varios aspectos de la intervención de 1845 que son cruciales para su mejor comprensión. Bien conocido, por ejemplo, es el largo esfuerzo de Rosas por controlar la Banda Oriental; estos conflictos marcaron la continuación de la competencia entre Buenos Aires y Montevideo para dominar el comercio del Río de la Plata, que había empezado en el período colonial. El conflicto tipificó esta época de la historia latinoamericana después de la independencia. Los caudillos y los Estados-ciudades luchaban por la hegemonía de una manera más parecida a las guerras de la Grecia Antigua o la Italia del Renacimiento que a las luchas nacionales-populares europeas durante las revoluciones de 1848.
Ni O'Donnell ni Romero enfrentan los antecedentes de la participación de Francia y Gran Bretaña en el conflicto de 1845. Los franceses estaban concentrados en Montevideo; se opusieron a Rosas porque él les aplicó políticas discriminatorias; pasaron todo el período de Luis Felipe (1830-1848) tratando de derrocarlo. Bien distinto de la invasión de México durante el régimen siguiente de Napoleón III, los orleanistas trabajaron contra Rosas a través de bloqueos y socios locales como el general Juan Galo Lavalle. Los franceses nunca quisieron lanzar una invasión en tierra con tropas europeas, pues temieron que esto resultara un desastre costoso.
A diferencia de los franceses, los británicos habían establecido una presencia en ambas bandas del Río de la Plata. Buenos Aires atrajo a los británicos porque ofrecía acceso a mayores mercados y a productos vacunos de exportación. Por su parte, Montevideo tenía un puerto más caudaloso que Buenos Aires, y más cerca del Atlántico; además, sus autoridades solían demostrar más voluntad de cooperar con los comerciantes británicos.
En 1845, los comerciantes británicos de Montevideo convencieron a sus socios en Liverpool de montar una campaña bélica contra Rosas. Argumentaron que Montevideo pronto podría convertirse en la base de un nuevo comercio muy apreciable hacia el interior sudamericano, a través del Paraná. Para cumplir este plan, era necesario eliminar la oposición de Rosas. Los propagandistas siempre escondieron su verdadera razón: una acción contra Rosas por un bloqueo a Buenos Aires les daría el monopolio sobre el comercio existente en el Río de la Plata. El conflicto de 1845 significó una lucha entre grupos de políticos y comerciantes en competencia por la hegemonía comercial. Marcó una nueva etapa en la larga pelea entre Buenos Aires y Montevideo por la supremacía en el Río de la Plata.
Samuel Lafone merece una mención destacada en los anales del imperialismo victoriano. El lanzó la visión del comercio a vapor entre Montevideo y el alto Paraná; concibió el plan de redefinir las fronteras entre la Argentina y Uruguay a beneficio del segundo; en los años 50, gestó el desarrollo de las islas Malvinas, desde Montevideo. En 1845, Lafone convenció a William Ouseley, el enviado diplomático de Aberdeen, de enviar la expedición naval, junto con los franceses, por el Paraná y emprender el ataque a las tropas rosistas en la Vuelta de Obligado. A pesar de su triunfo militar, los británicos sacaron escaso provecho de su agresiva aventura, porque las oportunidades comerciales de la región del Paraná y del Paraguay fueron casi nulas.
Aberdeen había ordenado a su enviado utilizar la fuerza como último resorte y pronto condenó la entrada forzada al Paraná. Rápidamente, la opinión pública inglesa se dio cuenta de que la intervención contra Rosas producía grandes ganancias para los comerciantes de Montevideo, pero provocaba el descenso del comercio británico. La oposición creció a tal punto que a principios de 1846 los británicos abandonaban toda su anterior estrategia. Como ocurrió repetidas veces en el siglo XIX, el imperialismo británico se formó menos como resultado de una política gestada en Londres que por las acciones de los agentes comerciales locales o " men on the spot ", en este caso, Lafone y Ouseley.
"No somos ni Argelia ni la India", declaró gallardamente Rosas, cuando las fuerzas británicas se habían retirado. A pesar de su oposición a la intervención, el gobernador aceptó plenamente la idea de una asociación comercial con los europeos. En 1847, el diario pro rosista escrito en inglés en Buenos Aires, The British Packet , publicó un manifiesto sosteniendo que una relación con Gran Bretaña que hoy llamaríamos "imperialismo informal" sería provechosa para ambas partes. El diario llamó a los británicos a enviar obreros y granjeros a Buenos Aires, que se dedicarían al comercio y al sector rural. De haber venido, los británicos hubieran gozado, según el diario, de "todos los beneficios de una colonia sin costo ni responsabilidad". Los rosistas también proponían el tipo de relación con Gran Bretaña que de hecho se materializó hacia fines del siglo XIX. Lo que hoy los revisionistas condenan como "la oligarquía antinacional o entreguista" asociada con los británicos? ¡incluiría a Rosas mismo! Obviamente, lo propuesto por Rosas tuvo el apoyo de los británicos establecidos en Buenos Aires. Ellos peticionaron al Foreign Office que se abandonara la intervención militar y rehusaron el consejo de Ouseley de salir de Buenos Aires. Todos se mantuvieron leales a Rosas y defensores de la soberanía provincial.
Conozco a un solo entusiasta de una hipotética conquista militar británica de Buenos Aires. Irónicamente, un irlandés. En 1845-1847, Antonio Fahy, un cura empobrecido y recién llegado, pidió un subsidio del gobierno británico anunciando su voluntad de actuar como un líder colonial, sobre la base de su prestigio dentro de la comunidad irlandesa de Buenos Aires.
Una narrativa acertada de los sucesos de 1840 en el Río de la Plata subraya lo anacrónico de la terminología empleada por O'Donnell: "democracia popular", "soberanía nacional" y "nacionalismo", por ejemplo.
La batalla de la Vuelta de Obligado fue una masacre de "nativos" típica de su tiempo. Más que un arquetipo del nacionalismo popular, Rosas era un dictador de un Estado-ciudad que, a la vez que supo defender su propio territorio, también deseó siempre una relación cercana y provechosa con los países imperialistas.
Como nota Romero, aquellos años pertenecieron a la época prenacional y prenacionalista de la Argentina. Los intelectuales liberales preclaros, como Alberdi y Sarmiento, soñaban con una república consolidada que emulara la pujanza democrática y republicana de Estados Unidos. Pero en aquella época sus proyectos todavía se hallaban muy lejos del imaginario de la masa popular.
*El autor, historiador británico,
es especialista en historia política argentina
Fuente: Diario La Nacion
Link a la nota: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1331065
El prestigioso historiador británico David Rock, profesor de la Universidad de California, quiso intervenir en la polémica que en esta misma página sostuvieron Pacho O'Donnell y Luis Alberto Romero sobre la Vuelta de Obligado y la visión oficial del nacionalismo argentino.
Como inglés nativo, no veo la década que siguió a 1840, al decir de Churchill, como nuestra hora más gloriosa o "finest hour". En el colegio, a esa década la llamábamos "los años cuarenta hambrientos", no sólo por la catastrófica hambruna irlandesa, sino por la prolongada recesión económica que perjudicó seriamente las vidas de los obreros británicos. Las presiones económicas internas provocaron varias aventuras imperialistas en el exterior, entre otras, las guerras infames del opio contra el imperio chino y la intervención de 1845 en el Río de la Plata. Sólo cerca de 25 miembros de las tropas francesas e inglesas murieron en el conflicto de la Vuelta de Obligado, un acontecimiento casi olvidado en Francia y Gran Bretaña. Las pérdidas argentinas fueron mucho mayores: posiblemente hubo hasta mil muertos. La "batalla" recuerda los episodios imperialistas típicos en la India o en Africa, en los cuales por cada muerto europeo perecieron cincuenta nativos. Pacho O'Donnell define el incidente como "una de las mayores epopeyas militares de nuestra historia". Si eso fuera verdad, la República Argentina habría tenido una existencia casi idílica. Ojalá la historia británica hubiera sido la misma. En Gran Bretaña, el lenguaje de O'Donnell se aplicaría a acontecimientos como el primer día de la Batalla del Somme, el 1° de julio de 1916, cuando sesenta mil soldados ingleses cayeron en los primeros treinta minutos del enfrentamiento, ante las ametralladoras alemanas.
A pesar de su lenguaje exagerado, el artículo de O'Donnell tiene un cierto contenido analítico. Enfatiza, correctamente, la importancia de los barcos de vapor en el conflicto de 1845. Lord Palmerston veía al río Paraná como un sitio ideal para probar los barcos de vapor como máquinas bélicas. Los constructores de este tipo de buques en Inglaterra querían aumentar su producción si aparecían los mercados compradores. Algunos comerciantes de Liverpool soñaron con convertir al gran río (que creían conectado directamente al río Amazonas, a través de las junglas brasileñas) en un segundo Mississippi. Como señala O'Donnell, algunos comerciantes británicos concibieron el plan de redefinir el mapa político de la región del Plata, reduciendo el territorio de la Confederación Argentina y aumentando el de la República del Uruguay.
La batalla de la Vuelta de Obligado resultó una derrota para Rosas, aunque posteriormente él pudo reclamar una victoria estratégica, cuando los británicos abandonaron su acción bélica y volvieron a la diplomacia. Estos evitaron cualquier medida violenta en la construcción de su imperio de negocios en la Argentina. Aunque no discrepo totalmente con O'Donnell, comparto la crítica de Romero de su versión de romanticismo histórico. Nadie debe olvidarse del papel de la demagogia revisionista en la tragedia argentina de los años 70 del siglo pasado.
Romero resume bien las opiniones de muchos historiadores distinguidos y confiables. Sin embargo, tanto él como O'Donnell no mencionan varios aspectos de la intervención de 1845 que son cruciales para su mejor comprensión. Bien conocido, por ejemplo, es el largo esfuerzo de Rosas por controlar la Banda Oriental; estos conflictos marcaron la continuación de la competencia entre Buenos Aires y Montevideo para dominar el comercio del Río de la Plata, que había empezado en el período colonial. El conflicto tipificó esta época de la historia latinoamericana después de la independencia. Los caudillos y los Estados-ciudades luchaban por la hegemonía de una manera más parecida a las guerras de la Grecia Antigua o la Italia del Renacimiento que a las luchas nacionales-populares europeas durante las revoluciones de 1848.
Ni O'Donnell ni Romero enfrentan los antecedentes de la participación de Francia y Gran Bretaña en el conflicto de 1845. Los franceses estaban concentrados en Montevideo; se opusieron a Rosas porque él les aplicó políticas discriminatorias; pasaron todo el período de Luis Felipe (1830-1848) tratando de derrocarlo. Bien distinto de la invasión de México durante el régimen siguiente de Napoleón III, los orleanistas trabajaron contra Rosas a través de bloqueos y socios locales como el general Juan Galo Lavalle. Los franceses nunca quisieron lanzar una invasión en tierra con tropas europeas, pues temieron que esto resultara un desastre costoso.
A diferencia de los franceses, los británicos habían establecido una presencia en ambas bandas del Río de la Plata. Buenos Aires atrajo a los británicos porque ofrecía acceso a mayores mercados y a productos vacunos de exportación. Por su parte, Montevideo tenía un puerto más caudaloso que Buenos Aires, y más cerca del Atlántico; además, sus autoridades solían demostrar más voluntad de cooperar con los comerciantes británicos.
En 1845, los comerciantes británicos de Montevideo convencieron a sus socios en Liverpool de montar una campaña bélica contra Rosas. Argumentaron que Montevideo pronto podría convertirse en la base de un nuevo comercio muy apreciable hacia el interior sudamericano, a través del Paraná. Para cumplir este plan, era necesario eliminar la oposición de Rosas. Los propagandistas siempre escondieron su verdadera razón: una acción contra Rosas por un bloqueo a Buenos Aires les daría el monopolio sobre el comercio existente en el Río de la Plata. El conflicto de 1845 significó una lucha entre grupos de políticos y comerciantes en competencia por la hegemonía comercial. Marcó una nueva etapa en la larga pelea entre Buenos Aires y Montevideo por la supremacía en el Río de la Plata.
Samuel Lafone merece una mención destacada en los anales del imperialismo victoriano. El lanzó la visión del comercio a vapor entre Montevideo y el alto Paraná; concibió el plan de redefinir las fronteras entre la Argentina y Uruguay a beneficio del segundo; en los años 50, gestó el desarrollo de las islas Malvinas, desde Montevideo. En 1845, Lafone convenció a William Ouseley, el enviado diplomático de Aberdeen, de enviar la expedición naval, junto con los franceses, por el Paraná y emprender el ataque a las tropas rosistas en la Vuelta de Obligado. A pesar de su triunfo militar, los británicos sacaron escaso provecho de su agresiva aventura, porque las oportunidades comerciales de la región del Paraná y del Paraguay fueron casi nulas.
Aberdeen había ordenado a su enviado utilizar la fuerza como último resorte y pronto condenó la entrada forzada al Paraná. Rápidamente, la opinión pública inglesa se dio cuenta de que la intervención contra Rosas producía grandes ganancias para los comerciantes de Montevideo, pero provocaba el descenso del comercio británico. La oposición creció a tal punto que a principios de 1846 los británicos abandonaban toda su anterior estrategia. Como ocurrió repetidas veces en el siglo XIX, el imperialismo británico se formó menos como resultado de una política gestada en Londres que por las acciones de los agentes comerciales locales o " men on the spot ", en este caso, Lafone y Ouseley.
"No somos ni Argelia ni la India", declaró gallardamente Rosas, cuando las fuerzas británicas se habían retirado. A pesar de su oposición a la intervención, el gobernador aceptó plenamente la idea de una asociación comercial con los europeos. En 1847, el diario pro rosista escrito en inglés en Buenos Aires, The British Packet , publicó un manifiesto sosteniendo que una relación con Gran Bretaña que hoy llamaríamos "imperialismo informal" sería provechosa para ambas partes. El diario llamó a los británicos a enviar obreros y granjeros a Buenos Aires, que se dedicarían al comercio y al sector rural. De haber venido, los británicos hubieran gozado, según el diario, de "todos los beneficios de una colonia sin costo ni responsabilidad". Los rosistas también proponían el tipo de relación con Gran Bretaña que de hecho se materializó hacia fines del siglo XIX. Lo que hoy los revisionistas condenan como "la oligarquía antinacional o entreguista" asociada con los británicos? ¡incluiría a Rosas mismo! Obviamente, lo propuesto por Rosas tuvo el apoyo de los británicos establecidos en Buenos Aires. Ellos peticionaron al Foreign Office que se abandonara la intervención militar y rehusaron el consejo de Ouseley de salir de Buenos Aires. Todos se mantuvieron leales a Rosas y defensores de la soberanía provincial.
Conozco a un solo entusiasta de una hipotética conquista militar británica de Buenos Aires. Irónicamente, un irlandés. En 1845-1847, Antonio Fahy, un cura empobrecido y recién llegado, pidió un subsidio del gobierno británico anunciando su voluntad de actuar como un líder colonial, sobre la base de su prestigio dentro de la comunidad irlandesa de Buenos Aires.
Una narrativa acertada de los sucesos de 1840 en el Río de la Plata subraya lo anacrónico de la terminología empleada por O'Donnell: "democracia popular", "soberanía nacional" y "nacionalismo", por ejemplo.
La batalla de la Vuelta de Obligado fue una masacre de "nativos" típica de su tiempo. Más que un arquetipo del nacionalismo popular, Rosas era un dictador de un Estado-ciudad que, a la vez que supo defender su propio territorio, también deseó siempre una relación cercana y provechosa con los países imperialistas.
Como nota Romero, aquellos años pertenecieron a la época prenacional y prenacionalista de la Argentina. Los intelectuales liberales preclaros, como Alberdi y Sarmiento, soñaban con una república consolidada que emulara la pujanza democrática y republicana de Estados Unidos. Pero en aquella época sus proyectos todavía se hallaban muy lejos del imaginario de la masa popular.
*El autor, historiador británico,
es especialista en historia política argentina
Fuente: Diario La Nacion
Link a la nota: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1331065
Transformar la derrota en victoria
Luis Alberto Romero / Para LA NACION (Publicado en Edición Impresa el 18 de noviembre de 2010)
El Gobierno anuncia la gran celebración de un aniversario de la Vuelta de Obligado, la batalla en la que, el 20 de noviembre de 1845, las tropas de Rosas intentaron inútilmente bloquear el acceso de la flota británica por el río Paraná. Paralelamente, los escritores neorrevisionistas baten el parche y despiertan sentimientos e imaginarios de un nacionalismo hondamente arraigado en nuestra sociedad. A la vez, por qué no, realizan un buen negocio editorial.
Como de costumbre, anuncian la revelación de un episodio que la "historia oficial" ha mantenido oculto. En realidad, el episodio de la Vuelta de Obligado puede ser leído en casi cualquier libro que se ocupe del período. Por ejemplo, en dos autores clásicos y de ideas diferentes: José Luis Busaniche y Ernesto Palacio. Dos probos historiadores británicos, H. S. Ferns y John Lynch, han dicho todo lo que necesitamos saber acerca de las trapisondas del lobby de comerciantes e industriales de Liverpool y Manchester, que presionó permanentemente sobre la política del Foreign Office en el largo conflicto de la Cuenca del Plata. Tulio Halperin Donghi, hace 40 años, trazó un balance equilibrado del asunto, bastante favorable a Rosas: sin cuestionar los sólidos lazos que ligaban con Gran Bretaña a los hacendados y comerciantes porteños e ingleses -dice-, Rosas defendió encarnizada y a la larga eficazmente la independencia política de la región, en la época de la "política de las cañoneras", cuando nadie podía asegurar cuáles serían los límites del colonialismo europeo. Rosas puso esos límites.
Coincido con esos balances, que destacan no tanto las heroicas acciones militares en el Paraná como la tozuda y cazurra práctica diplomática de Rosas en los cuatro años siguientes. Me parece más difícil de aceptar, en cambio, que la batalla del 20 de noviembre de 1845 haya sido una gran "epopeya nacional", como se dice.
En primer lugar, fue una derrota. Honrosa y heroica, sin duda; victoria moral, como nos gusta a los argentinos; pero derrota al fin. La de los ingleses fue quizás una victoria a lo Pirro. Pero vencieron. Cortaron las cadenas, rompieron el bloqueo y llegaron con sus barcos a Corrientes, donde la sociedad local admiró los nuevos barcos de vapor y las damas alternaron y coquetearon con los oficiales británicos.
Sin embargo, sus logros fueron escasos. Los mercados de las provincias litorales eran menos atractivos que lo supuesto. Ninguno de los jefes políticos antirrosistas, en armas en las provincias litorales, quiso comprometerse con los ingleses. Los comerciantes británicos en Buenos Aires continuaron acumulando pérdidas con el bloqueo y reclamando una solución pacífica. Dicho esto, sopesemos el argumento de los neorrevisionistas: las fuerzas militares de Rosas, luego de la derrota del 20 de noviembre, practicaron una tenaz y meritoria guerrilla de retaguardia, que ocasionó pérdidas a la flota y a los buques mercantes ingleses. Un problema más. Por entonces, otros problemas en su vasto imperio informal reclamaron la atención del gobierno británico . En 1846 Aberdeen, cultor de la "política de las cañoneras", fue reemplazado en el Foreign Office por Palmerston, partidario del camino negociado. Hubo una nueva evaluación de la situación del Plata, y aunque el bloqueo se mantuvo hasta 1849, finalmente se llegó a un acuerdo muy honroso para el gobierno de la Confederación, en el que Rosas obtuvo lo que no pudo lograr en el campo de batalla. Celebremos pues el éxito pacífico de la diplomacia y no el fracaso de la guerra. La negociación y no la epopeya.
¿Fue "nacional" esta acción? También me parece dudoso. Los revisionistas y neorrevisionistas comparten una idea, de origen alemán, acerca de la existencia de una nación eterna, existente desde siempre y animada por el "alma del pueblo", el volgeist . Una idea importada, pensada para otras realidades, que nuestro nacionalismo aceptó con entusiasmo y aplicó a nuestro caso. Los historiadores profesionales sabemos que las naciones no existen desde siempre, sino que se construyen, en circunstancias determinadas. Casi siempre son impulsadas por Estados, que encuentran en el imaginario nacional su mejor legitimación.
En rigor, en 1845 el Estado nacional argentino todavía estaba en construcción; toda la Cuenca del Plata era un hervidero, y ni siquiera estaba claro qué parte de ella -¿el Uruguay o el Paraguay?- correspondería a la Argentina. Muchos conflictos estaban pendientes de resolución y era difícil saber cómo terminaría la historia, y en consecuencia, cuál de los intereses en pugna sería el "nacional". Nuestros neorrevisionistas dan por sentado que Rosas defendía el interés nacional. Quizá. Pero en la época había opiniones diferentes sobre cómo organizar el país, especialmente entre correntinos, entrerrianos y santafecinos, por no mencionar a uruguayos y paraguayos, cuya independencia Rosas cuestionaba.
En cambio es seguro que Rosas, bloqueando el Paraná e impidiendo la libre navegación de los ríos, sostuvo los intereses de Buenos Aires, una provincia que, bueno es recordarlo, hasta 1862 vaciló entre integrar el nuevo Estado o conformar un Estado autónomo. Rosas defendió con energía el monopolio portuario porteño, de cuyas rentas, no compartidas, vivía la provincia. Contra Rosas estaban quienes creían que la libre navegación de los ríos los beneficiaría. El conflicto se dirimió luego de Caseros. Mientras Rosas elegía exiliarse en Inglaterra -quizá para estudiar más de cerca a la "pérfida Albión"-, el Pacto de San Nicolás en 1852, y la Constitución Nacional en 1853, abrieron el camino a la libre navegación. Los neorrevisionistas hablan del triunfo de los intereses antinacionales. Eso los llevaría a ubicar a nuestra Constitución en el campo antinacional. A los que vemos en la Constitución el fundamento de nuestro orden institucional nos resulta imposible acompañarlos en esa posición.
Transformar una derrota en victoria. Hacer de una batalla donde primaron los intereses particulares de Buenos Aires un jalón en la construcción de la Nación. Todo eso es algo más que una opinión, poco rigurosa pero aceptable en un terreno por definición opinable, como lo es el pasado. Tal manera de ver las cosas constituye una parte central del "sentido común" nacionalista, muy arraigado en nuestra cultura, a tal punto de haberse convertido en una verdad que se acepta sin reflexión. En su tiempo, el revisionismo ayudó mucho a construirlo. Los escritores neorrevisionistas -confieso que me cuesta llamarlos historiadores- pulsan esa sensibilidad, la refuerzan, y adicionalmente la convierten en un buen negocio: bien publicitado, el nacionalismo patológico vende bien.
Digo nacionalismo patológico porque hay, en mi opinión, otro nacionalismo, al que prefiero llamar patriotismo, sano, virtuoso e indispensable para vivir en una nación. Pero en el sentido común de los argentinos predomina aquel otro: una suerte de "enano nacionalista" que combina la soberbia con la paranoia y que es responsable de lo peor de nuestra cultura política. Nos dice que la Argentina está naturalmente destinada a los más altos destinos; si no lo logra, se debe a la permanente conspiración de los enemigos de nuestra Nación, exteriores e interiores. Chile siempre quiso penetrarnos. Gran Bretaña y Brasil siempre conspiraron contra nosotros. Ellos fraccionaron lo que era nuestro territorio legítimo, arrancándonos el Uruguay, el Paraguay y Bolivia. La última y más terrible figuración del "enano nacionalista" ocurrió con la reciente dictadura militar. Entonces, el enemigo pasó de ser externo a interno: al igual que los unitarios con Rosas, la subversión era "apátrida" y, como tal, debía ser aniquilada. Poco después, la patología llegó a su apoteosis con la Guerra de Malvinas.
Ese nacionalismo constituye un mito notablemente plástico, capaz de adaptarse a situaciones diversas. Así, nuestro actual gobierno puede hacer uso de él, resucitar muchos de sus tópicos -tarea en la que ayudan estos escritores neorrevisionistas- e incluir en su campaña general contra diversos enemigos -la lista es conocida- este revival de la Vuelta de Obligado que prenuncia una revitalización del mito en beneficio propio, tal como lo está haciendo con la causa de las Malvinas. En 1983, muchos creímos que habíamos logrado desterrar al "enano nacionalista". Hoy, yo al menos lo dudo.
Fuente: Diario La Nacion
Link a la nota: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1325771
El Gobierno anuncia la gran celebración de un aniversario de la Vuelta de Obligado, la batalla en la que, el 20 de noviembre de 1845, las tropas de Rosas intentaron inútilmente bloquear el acceso de la flota británica por el río Paraná. Paralelamente, los escritores neorrevisionistas baten el parche y despiertan sentimientos e imaginarios de un nacionalismo hondamente arraigado en nuestra sociedad. A la vez, por qué no, realizan un buen negocio editorial.
Como de costumbre, anuncian la revelación de un episodio que la "historia oficial" ha mantenido oculto. En realidad, el episodio de la Vuelta de Obligado puede ser leído en casi cualquier libro que se ocupe del período. Por ejemplo, en dos autores clásicos y de ideas diferentes: José Luis Busaniche y Ernesto Palacio. Dos probos historiadores británicos, H. S. Ferns y John Lynch, han dicho todo lo que necesitamos saber acerca de las trapisondas del lobby de comerciantes e industriales de Liverpool y Manchester, que presionó permanentemente sobre la política del Foreign Office en el largo conflicto de la Cuenca del Plata. Tulio Halperin Donghi, hace 40 años, trazó un balance equilibrado del asunto, bastante favorable a Rosas: sin cuestionar los sólidos lazos que ligaban con Gran Bretaña a los hacendados y comerciantes porteños e ingleses -dice-, Rosas defendió encarnizada y a la larga eficazmente la independencia política de la región, en la época de la "política de las cañoneras", cuando nadie podía asegurar cuáles serían los límites del colonialismo europeo. Rosas puso esos límites.
Coincido con esos balances, que destacan no tanto las heroicas acciones militares en el Paraná como la tozuda y cazurra práctica diplomática de Rosas en los cuatro años siguientes. Me parece más difícil de aceptar, en cambio, que la batalla del 20 de noviembre de 1845 haya sido una gran "epopeya nacional", como se dice.
En primer lugar, fue una derrota. Honrosa y heroica, sin duda; victoria moral, como nos gusta a los argentinos; pero derrota al fin. La de los ingleses fue quizás una victoria a lo Pirro. Pero vencieron. Cortaron las cadenas, rompieron el bloqueo y llegaron con sus barcos a Corrientes, donde la sociedad local admiró los nuevos barcos de vapor y las damas alternaron y coquetearon con los oficiales británicos.
Sin embargo, sus logros fueron escasos. Los mercados de las provincias litorales eran menos atractivos que lo supuesto. Ninguno de los jefes políticos antirrosistas, en armas en las provincias litorales, quiso comprometerse con los ingleses. Los comerciantes británicos en Buenos Aires continuaron acumulando pérdidas con el bloqueo y reclamando una solución pacífica. Dicho esto, sopesemos el argumento de los neorrevisionistas: las fuerzas militares de Rosas, luego de la derrota del 20 de noviembre, practicaron una tenaz y meritoria guerrilla de retaguardia, que ocasionó pérdidas a la flota y a los buques mercantes ingleses. Un problema más. Por entonces, otros problemas en su vasto imperio informal reclamaron la atención del gobierno británico . En 1846 Aberdeen, cultor de la "política de las cañoneras", fue reemplazado en el Foreign Office por Palmerston, partidario del camino negociado. Hubo una nueva evaluación de la situación del Plata, y aunque el bloqueo se mantuvo hasta 1849, finalmente se llegó a un acuerdo muy honroso para el gobierno de la Confederación, en el que Rosas obtuvo lo que no pudo lograr en el campo de batalla. Celebremos pues el éxito pacífico de la diplomacia y no el fracaso de la guerra. La negociación y no la epopeya.
¿Fue "nacional" esta acción? También me parece dudoso. Los revisionistas y neorrevisionistas comparten una idea, de origen alemán, acerca de la existencia de una nación eterna, existente desde siempre y animada por el "alma del pueblo", el volgeist . Una idea importada, pensada para otras realidades, que nuestro nacionalismo aceptó con entusiasmo y aplicó a nuestro caso. Los historiadores profesionales sabemos que las naciones no existen desde siempre, sino que se construyen, en circunstancias determinadas. Casi siempre son impulsadas por Estados, que encuentran en el imaginario nacional su mejor legitimación.
En rigor, en 1845 el Estado nacional argentino todavía estaba en construcción; toda la Cuenca del Plata era un hervidero, y ni siquiera estaba claro qué parte de ella -¿el Uruguay o el Paraguay?- correspondería a la Argentina. Muchos conflictos estaban pendientes de resolución y era difícil saber cómo terminaría la historia, y en consecuencia, cuál de los intereses en pugna sería el "nacional". Nuestros neorrevisionistas dan por sentado que Rosas defendía el interés nacional. Quizá. Pero en la época había opiniones diferentes sobre cómo organizar el país, especialmente entre correntinos, entrerrianos y santafecinos, por no mencionar a uruguayos y paraguayos, cuya independencia Rosas cuestionaba.
En cambio es seguro que Rosas, bloqueando el Paraná e impidiendo la libre navegación de los ríos, sostuvo los intereses de Buenos Aires, una provincia que, bueno es recordarlo, hasta 1862 vaciló entre integrar el nuevo Estado o conformar un Estado autónomo. Rosas defendió con energía el monopolio portuario porteño, de cuyas rentas, no compartidas, vivía la provincia. Contra Rosas estaban quienes creían que la libre navegación de los ríos los beneficiaría. El conflicto se dirimió luego de Caseros. Mientras Rosas elegía exiliarse en Inglaterra -quizá para estudiar más de cerca a la "pérfida Albión"-, el Pacto de San Nicolás en 1852, y la Constitución Nacional en 1853, abrieron el camino a la libre navegación. Los neorrevisionistas hablan del triunfo de los intereses antinacionales. Eso los llevaría a ubicar a nuestra Constitución en el campo antinacional. A los que vemos en la Constitución el fundamento de nuestro orden institucional nos resulta imposible acompañarlos en esa posición.
Transformar una derrota en victoria. Hacer de una batalla donde primaron los intereses particulares de Buenos Aires un jalón en la construcción de la Nación. Todo eso es algo más que una opinión, poco rigurosa pero aceptable en un terreno por definición opinable, como lo es el pasado. Tal manera de ver las cosas constituye una parte central del "sentido común" nacionalista, muy arraigado en nuestra cultura, a tal punto de haberse convertido en una verdad que se acepta sin reflexión. En su tiempo, el revisionismo ayudó mucho a construirlo. Los escritores neorrevisionistas -confieso que me cuesta llamarlos historiadores- pulsan esa sensibilidad, la refuerzan, y adicionalmente la convierten en un buen negocio: bien publicitado, el nacionalismo patológico vende bien.
Digo nacionalismo patológico porque hay, en mi opinión, otro nacionalismo, al que prefiero llamar patriotismo, sano, virtuoso e indispensable para vivir en una nación. Pero en el sentido común de los argentinos predomina aquel otro: una suerte de "enano nacionalista" que combina la soberbia con la paranoia y que es responsable de lo peor de nuestra cultura política. Nos dice que la Argentina está naturalmente destinada a los más altos destinos; si no lo logra, se debe a la permanente conspiración de los enemigos de nuestra Nación, exteriores e interiores. Chile siempre quiso penetrarnos. Gran Bretaña y Brasil siempre conspiraron contra nosotros. Ellos fraccionaron lo que era nuestro territorio legítimo, arrancándonos el Uruguay, el Paraguay y Bolivia. La última y más terrible figuración del "enano nacionalista" ocurrió con la reciente dictadura militar. Entonces, el enemigo pasó de ser externo a interno: al igual que los unitarios con Rosas, la subversión era "apátrida" y, como tal, debía ser aniquilada. Poco después, la patología llegó a su apoteosis con la Guerra de Malvinas.
Ese nacionalismo constituye un mito notablemente plástico, capaz de adaptarse a situaciones diversas. Así, nuestro actual gobierno puede hacer uso de él, resucitar muchos de sus tópicos -tarea en la que ayudan estos escritores neorrevisionistas- e incluir en su campaña general contra diversos enemigos -la lista es conocida- este revival de la Vuelta de Obligado que prenuncia una revitalización del mito en beneficio propio, tal como lo está haciendo con la causa de las Malvinas. En 1983, muchos creímos que habíamos logrado desterrar al "enano nacionalista". Hoy, yo al menos lo dudo.
Fuente: Diario La Nacion
Link a la nota: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1325771
Una epopeya largamente ocultada
Pacho O'Donnell / Para LA NACION (Publicado en Edición impresa el 18 de noviembre de 2010)
A dos días del aniversario del Combate de la Vuelta de Obligado / Polémica entre nacionalistas y liberales
El combate de la Vuelta de Obligado es la expresión a cañonazos de un conflicto que recorre la historia argentina: el de las ambiciones de ciertas dirigencias vernáculas asociadas en beneficio propio con las potencias exteriores del momento, enfrentadas con los intereses nacionales, sobre todo de los sectores populares, que en 1845 fueron organizados y armados por su líder natural, Juan Manuel de Rosas.
Obligado es, junto con el Cruce de los Andes, una de las dos mayores epopeyas militares de nuestra patria. Una gesta victoriosa en defensa de nuestra soberanía política, económica y territorial que puso a prueba exitosamente el coraje y el patriotismo de argentinas y argentinos, lamentablemente silenciada por la historiografía liberal escrita por la oligarquía porteñista, antipopular y europeizante, vencedora de nuestras guerras civiles del siglo XIX.
Versión que continúa hoy vigente con algunos cambios epidérmicos y con denominaciones oportunistas que, por ejemplo, incorporan el término "social" para disimular su conservadurismo y continuismo. Corriente que, aprovechando los golpes militares y ante la expulsión de la historiografía peronista y marxista de nuestras universidades, se adueñó del poder que administra cátedras, subsidios, becas, empleos.
Ser revisionista no supone ser "antimitrista". Bartolomé Mitre fue un argentino excepcional que dirigió inmensos ejércitos, tradujo La Divina Comedia , llegó a presidente de la república. Y también escribió los fundamentos de nuestra historia al mismo tiempo que la protagonizaba. Tuvo la sensibilidad social de poner en superficie el heroísmo inconcebible de los caudillos altoperuanos, pero no pudo mantener esa objetividad al ocuparse de los caudillos federales tardíos, a quienes perseguía porque se habían constituido en un serio obstáculo para su proyecto de Organización Nacional. La historiografía que el revisionismo cuestiona se plasmó años después, en parte basada sobre sus escritos, pero sobre todo al calor de una "educación patriótica", cuyo objetivo fue hacer que las masas inmigrantes incorporasen "lo nacional" alimentadas por una versión rígida, simplificada y conservadora de nuestra historia. Cuando se habla de "historia oficial" se debe hablar más de Ricardo Levene que de Mitre.
Corría 1845. Las dos más grandes potencias económicas, políticas y bélicas de la época, Gran Bretaña y Francia, se unieron para atacar a la Argentina, entonces bajo el mando del gobernador de Buenos Aires, don Juan Manuel de Rosas. El pretexto "humanitario", infaltable en toda incursión imperial, tuvo la complicidad de los unitarios emigrados en Montevideo: a los "interventores", como les gustó llamarse a los europeos, no los movía otra intención que apoyar a quienes se oponían al gobierno supuestamente tiránico de Rosas.
Es cierto que Rosas era violento; todos en esa época lo eran, también Paz, Lavalle y Urquiza. En cuanto al terror rosista, es sin duda cuestionable la creación de "la Mazorca", una organización parapolicial para perseguir y amedrentar a los opositores; pero también es cierto que en sus períodos más cruentos, octubre de 1840 y abril de 1842, no murieron más de 60 personas, lejos de las 200 ejecutadas por Urquiza en las semanas posteriores a Caseros.
Los motivos reales de la "intervención en el Río de la Plata" fueron de índole económica. Se imponía el castigo a ese gaucho insolente que desafiaba a las potencias europeas con trabas al libre comercio y medidas aduaneras que protegían los productos nacionales, y fundando un Banco Nacional que escapaba al dominio de los capitales extranjeros.
Gran Bretaña y Francia se habían unido para expandir sus mercados aprovechando el invento de los barcos de guerra a vapor, que les permitían internarse en los ríos sin depender de los vientos y así alcanzar nuestras provincias litorales, el Paraguay y el sur del Brasil. Esas intenciones eran confirmadas por los casi cien barcos mercantes que seguían a las naves de guerra.
Lo más grave para nuestra soberanía era la pretensión de independizar Corrientes, Entre Ríos y lo que es hoy Misiones formando un nuevo país, la "República de la Mesopotamia", que empequeñecería y debilitaría aún más a la Argentina, que ya había sufrido el desgarro de la Banda Oriental, con la insólita anuencia de Rivadavia, y del Alto Perú (Bolivia) ante la indiferencia de Alvear. Sería Urquiza, luego de Caseros y en acuerdo con el emperador de Portugal Juan I, quien reconocería la independencia del Paraguay, algo a lo que Rosas se negó con pertinacia.
Ingleses y franceses creyeron que la sola exhibición de sus imponentes naves, sus entrenados marineros y soldados, y su modernísimo armamento bastarían para doblegar a nuestros antepasados, como acababa de suceder con China. Pero no fue así: Rosas, que gobernaba con el apoyo de la mayoría de la población, sobre todo de los sectores populares, decidió hacerles frente. Encargó al general Lucio N. Mansilla conducir la defensa. Su estrategia fue la siguiente:
1) Era imposible vencer militarmente a los invasores por la diferencia de poderío y experiencia, lo que hacía inevitable que tuvieran éxito en su propósito de remontar el río Paraná.
2) Dado que se trataba de una operación comercial encubierta, el objetivo era provocarles daños económicos suficientes como para hacerlos desistir de la empresa y lograr así una victoria estratégica que vigorosas negociaciones diplomáticas harían luego contundente.
3) Era necesario buscar un lugar del Paraná donde fuera posible alcanzar los barcos enemigos con los escasos, anticuados y poco potentes cañones con que se contaba.
Mansilla emplazó cuatro baterías en el lugar conocido como Vuelta de Obligado, donde el río se angosta y describe una curva que dificultaba la navegación. Allí nuestros heroicos antepasados tendieron tres gruesas cadenas sostenidas sobre barcazas y así lograron que durante el tiempo que tardaron en cortarlas los enemigos sufrieran numerosas bajas en soldados y marineros y devastadores daños en sus barcos de guerra y en los mercantes. El calvario de las armadas europeas y los convoyes que las seguían continuó durante el viaje de ida y de regreso, siendo ferozmente atacadas desde las baterías de "Quebracho", del "Tonelero", de "San Lorenzo" y, otra vez, desde "Obligado". La estrategia de Rosas y Mansilla tuvo éxito y las grandes potencias se vieron obligadas a capitular aceptando las condiciones impuestas por la Argentina y cumpliendo con la cláusula que imponía a ambas armadas, al abandonar el río de la Plata, disparar 21 cañonazos de homenaje y desagravio al pabellón nacional.
Desde su destierro en Francia, San Martín, henchido de orgulloso patriotismo, escribió a su amigo Tomás Guido el 10 de mayo de 1846: "Los interventores habrán visto por este échantillon que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca". Más adelante felicitaría al Restaurador: "La batalla de Obligado es una segunda guerra de la Independencia". Y al morir le legó su sable libertador.
Insólitamente, hay argentinos que siguen empeñados en negar la importancia de Obligado y hasta objetan la victoria patriota. Aliados así otra vez con los invasores del 45, sobre todo con Francia, que, al calor de la humillación sufrida, insiste aún hoy que la guerra del Paraná le fue favorable. Aducen para ello que superaron las barreras de Obligado, remontaron el Paraná hasta su fin y regresaron. Como muestra, en el Panteón de Napoleón donde se exhiben las banderas enemigas tomadas en victorias militares, se exhibe en el puesto 32 una enseña argentina manchada en sangre recuperada de alguno de los lanchones que sostenían las cadenas.
Pero lo que demuestra su derrota es que no se cumplieron ninguno de los objetivos de la invasión de las potencias: las provincias litorales siguen siendo argentinas, el Paraná es un río interior de nuestro territorio y la Argentina no es un protectorado británico, como habían acordado los unitarios con las potencias "interventoras".
Serían otras las formas, más sutiles y eficaces, que las potencias invasoras, sobre todo Inglaterra, pondrían en juego en el futuro para restañar las heridas y para dominar hasta 1945 nuestra economía, nuestra política y nuestra cultura con la complicidad de sus "socios interiores".
Fuente: Diario La Nacion
Link a la nota: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1325770
A dos días del aniversario del Combate de la Vuelta de Obligado / Polémica entre nacionalistas y liberales
El combate de la Vuelta de Obligado es la expresión a cañonazos de un conflicto que recorre la historia argentina: el de las ambiciones de ciertas dirigencias vernáculas asociadas en beneficio propio con las potencias exteriores del momento, enfrentadas con los intereses nacionales, sobre todo de los sectores populares, que en 1845 fueron organizados y armados por su líder natural, Juan Manuel de Rosas.
Obligado es, junto con el Cruce de los Andes, una de las dos mayores epopeyas militares de nuestra patria. Una gesta victoriosa en defensa de nuestra soberanía política, económica y territorial que puso a prueba exitosamente el coraje y el patriotismo de argentinas y argentinos, lamentablemente silenciada por la historiografía liberal escrita por la oligarquía porteñista, antipopular y europeizante, vencedora de nuestras guerras civiles del siglo XIX.
Versión que continúa hoy vigente con algunos cambios epidérmicos y con denominaciones oportunistas que, por ejemplo, incorporan el término "social" para disimular su conservadurismo y continuismo. Corriente que, aprovechando los golpes militares y ante la expulsión de la historiografía peronista y marxista de nuestras universidades, se adueñó del poder que administra cátedras, subsidios, becas, empleos.
Ser revisionista no supone ser "antimitrista". Bartolomé Mitre fue un argentino excepcional que dirigió inmensos ejércitos, tradujo La Divina Comedia , llegó a presidente de la república. Y también escribió los fundamentos de nuestra historia al mismo tiempo que la protagonizaba. Tuvo la sensibilidad social de poner en superficie el heroísmo inconcebible de los caudillos altoperuanos, pero no pudo mantener esa objetividad al ocuparse de los caudillos federales tardíos, a quienes perseguía porque se habían constituido en un serio obstáculo para su proyecto de Organización Nacional. La historiografía que el revisionismo cuestiona se plasmó años después, en parte basada sobre sus escritos, pero sobre todo al calor de una "educación patriótica", cuyo objetivo fue hacer que las masas inmigrantes incorporasen "lo nacional" alimentadas por una versión rígida, simplificada y conservadora de nuestra historia. Cuando se habla de "historia oficial" se debe hablar más de Ricardo Levene que de Mitre.
Corría 1845. Las dos más grandes potencias económicas, políticas y bélicas de la época, Gran Bretaña y Francia, se unieron para atacar a la Argentina, entonces bajo el mando del gobernador de Buenos Aires, don Juan Manuel de Rosas. El pretexto "humanitario", infaltable en toda incursión imperial, tuvo la complicidad de los unitarios emigrados en Montevideo: a los "interventores", como les gustó llamarse a los europeos, no los movía otra intención que apoyar a quienes se oponían al gobierno supuestamente tiránico de Rosas.
Es cierto que Rosas era violento; todos en esa época lo eran, también Paz, Lavalle y Urquiza. En cuanto al terror rosista, es sin duda cuestionable la creación de "la Mazorca", una organización parapolicial para perseguir y amedrentar a los opositores; pero también es cierto que en sus períodos más cruentos, octubre de 1840 y abril de 1842, no murieron más de 60 personas, lejos de las 200 ejecutadas por Urquiza en las semanas posteriores a Caseros.
Los motivos reales de la "intervención en el Río de la Plata" fueron de índole económica. Se imponía el castigo a ese gaucho insolente que desafiaba a las potencias europeas con trabas al libre comercio y medidas aduaneras que protegían los productos nacionales, y fundando un Banco Nacional que escapaba al dominio de los capitales extranjeros.
Gran Bretaña y Francia se habían unido para expandir sus mercados aprovechando el invento de los barcos de guerra a vapor, que les permitían internarse en los ríos sin depender de los vientos y así alcanzar nuestras provincias litorales, el Paraguay y el sur del Brasil. Esas intenciones eran confirmadas por los casi cien barcos mercantes que seguían a las naves de guerra.
Lo más grave para nuestra soberanía era la pretensión de independizar Corrientes, Entre Ríos y lo que es hoy Misiones formando un nuevo país, la "República de la Mesopotamia", que empequeñecería y debilitaría aún más a la Argentina, que ya había sufrido el desgarro de la Banda Oriental, con la insólita anuencia de Rivadavia, y del Alto Perú (Bolivia) ante la indiferencia de Alvear. Sería Urquiza, luego de Caseros y en acuerdo con el emperador de Portugal Juan I, quien reconocería la independencia del Paraguay, algo a lo que Rosas se negó con pertinacia.
Ingleses y franceses creyeron que la sola exhibición de sus imponentes naves, sus entrenados marineros y soldados, y su modernísimo armamento bastarían para doblegar a nuestros antepasados, como acababa de suceder con China. Pero no fue así: Rosas, que gobernaba con el apoyo de la mayoría de la población, sobre todo de los sectores populares, decidió hacerles frente. Encargó al general Lucio N. Mansilla conducir la defensa. Su estrategia fue la siguiente:
1) Era imposible vencer militarmente a los invasores por la diferencia de poderío y experiencia, lo que hacía inevitable que tuvieran éxito en su propósito de remontar el río Paraná.
2) Dado que se trataba de una operación comercial encubierta, el objetivo era provocarles daños económicos suficientes como para hacerlos desistir de la empresa y lograr así una victoria estratégica que vigorosas negociaciones diplomáticas harían luego contundente.
3) Era necesario buscar un lugar del Paraná donde fuera posible alcanzar los barcos enemigos con los escasos, anticuados y poco potentes cañones con que se contaba.
Mansilla emplazó cuatro baterías en el lugar conocido como Vuelta de Obligado, donde el río se angosta y describe una curva que dificultaba la navegación. Allí nuestros heroicos antepasados tendieron tres gruesas cadenas sostenidas sobre barcazas y así lograron que durante el tiempo que tardaron en cortarlas los enemigos sufrieran numerosas bajas en soldados y marineros y devastadores daños en sus barcos de guerra y en los mercantes. El calvario de las armadas europeas y los convoyes que las seguían continuó durante el viaje de ida y de regreso, siendo ferozmente atacadas desde las baterías de "Quebracho", del "Tonelero", de "San Lorenzo" y, otra vez, desde "Obligado". La estrategia de Rosas y Mansilla tuvo éxito y las grandes potencias se vieron obligadas a capitular aceptando las condiciones impuestas por la Argentina y cumpliendo con la cláusula que imponía a ambas armadas, al abandonar el río de la Plata, disparar 21 cañonazos de homenaje y desagravio al pabellón nacional.
Desde su destierro en Francia, San Martín, henchido de orgulloso patriotismo, escribió a su amigo Tomás Guido el 10 de mayo de 1846: "Los interventores habrán visto por este échantillon que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca". Más adelante felicitaría al Restaurador: "La batalla de Obligado es una segunda guerra de la Independencia". Y al morir le legó su sable libertador.
Insólitamente, hay argentinos que siguen empeñados en negar la importancia de Obligado y hasta objetan la victoria patriota. Aliados así otra vez con los invasores del 45, sobre todo con Francia, que, al calor de la humillación sufrida, insiste aún hoy que la guerra del Paraná le fue favorable. Aducen para ello que superaron las barreras de Obligado, remontaron el Paraná hasta su fin y regresaron. Como muestra, en el Panteón de Napoleón donde se exhiben las banderas enemigas tomadas en victorias militares, se exhibe en el puesto 32 una enseña argentina manchada en sangre recuperada de alguno de los lanchones que sostenían las cadenas.
Pero lo que demuestra su derrota es que no se cumplieron ninguno de los objetivos de la invasión de las potencias: las provincias litorales siguen siendo argentinas, el Paraná es un río interior de nuestro territorio y la Argentina no es un protectorado británico, como habían acordado los unitarios con las potencias "interventoras".
Serían otras las formas, más sutiles y eficaces, que las potencias invasoras, sobre todo Inglaterra, pondrían en juego en el futuro para restañar las heridas y para dominar hasta 1945 nuestra economía, nuestra política y nuestra cultura con la complicidad de sus "socios interiores".
Fuente: Diario La Nacion
Link a la nota: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1325770
miércoles, 27 de octubre de 2010
Situación de pobreza e indigencia en los grandes centros urbanos de Argentina
Informe de prensa publicado por la Universidad Católica Argentina en el marco del Programa Observatorio de la Deuda Social Argentina. Abril de 2010.
http://www.uca.edu.ar/uca/common/grupo68/files/INFORME_PRENSA_POBREZA_-_UCA.pdf
http://www.uca.edu.ar/uca/common/grupo68/files/INFORME_PRENSA_POBREZA_-_UCA.pdf
sábado, 23 de octubre de 2010
SECRETO CRIMINALE
AMOR, MAFIA Y VATICANO
Mediados de los años setenta, primeros ochenta. Italia era un polvorín. El laboratorio del mundo moderno. La vanguardia cultural y política. Plena Guerra Fría, los años de plomo. Palestinos e israelíes, la CIA y el KGB, las Brigadas Rojas y el terror negro. Los comunistas pactando con los democristianos. La mafia siciliana llenando las calles de heroína y cocaína. Pasolini asesinado en Ostia. Juan Pablo II preparando, con el Opus Dei, el inminente hundimiento del bloque soviético. Aldo Moro secuestrado. Aldo Moro asesinado. La matanza de la estación de Bolonia. Andreotti, El Divo, y su hipotético beso a Totó Riina, el capo sanguinario. Sordi y Gassman, Mastroianni, Fellini y Antonioni. Celentano y el arzobispo Paul Marcinkus, dando alegría a las finanzas de la Santa Sede. La quiebra del Banco Ambrosiano. El asesinato de Roberto Calvi (Londres, puente de los Frailes Negros). Y el de Michele Sindona, banquero de Cosa Nostra: un poco de veneno en el café.
Han pasado 30 años y casi todos aquellos oscuros misterios siguen siendo eso: misterios. Mejor dicho, secretos que no han sido develados. Delitos, muchas veces gravísimos, por los cuales los culpables jamás pagaron, ni pagarán. "Un país sin verdad", dijo Leonardo Sciascia. Un agujero negro, diríamos ahora.
De aquel agujero regresó hace cuatro años, de la forma más inesperada, a través de un programa de televisión -el "Quién sabe dónde" italiano-, una dama que cabalgó a fondo aquellos años locos y sangrientos. La dama se llamaba, y se llama, Sabrina Minardi.
Hoy tiene 50 años. Era una chica de familia humilde, nacida en el barrio romano de Trastevere. Mona, pero no guapísima, la belleza no le alcanzó para ser actriz. Pero le alcanzó de sobra para hacerse prostituta. De alto standing , lo que hoy se llamaría una escort .
Gracias a su oficio, Minardi conoció de cerca, muy de cerca, a muchos protagonistas de aquella época salvaje. Delinquió, observó, calló, tomó drogas a mansalva, ganó dinero a montones, lo dilapidó, enterró a sus amigos y desapareció.
Una historia de fábula
Su vida, como la de muchos jóvenes italianos de entonces, iba para fábula y acabó siendo un infierno. A los 19 años, casi adolescente, el 16 de junio de 1979, Minardi se casó con el delantero central del Lazio, Bruno Giordano, el emblema de aquel equipazo que pasó a los anales como el más cuchillero de la historia del fútbol. Fuera del campo, muchos de sus jugadores simpatizaban con los matones fascistas, varios llevaban pistola y/o navaja, las borracheras y las broncas eran frecuentes. Dentro del campo se comportaban igual: arrasaban lo que se les pusiera por delante. Por las buenas o por las malas.
La relación de Minardi con el patibulario capocannoniere , trasteverino como ella, de 23 años, ídolo de media Roma, duró poco. A los dos años nació Valentina, que hoy tiene 28 años. Pero enseguida Minardi se hartó de ver a Giordano posando con actrices de medio pelo en las revistas. Se separaron. Minardi ya no podría prescindir del riesgo, el lujo y el champán.
Pronto conoció al que sería su amante más fogoso, Enrico de Pedis, más conocido como Renatino. El tipo era uno de los tres jefes de la banda de la Magliana, la mafia que dominó Roma, sus palacios y su periferia durante casi una década. Una noche, Renatino vio a Minardi en un pianobar de Piazza Navona, y le mandó rosas y champán.
La banda de De Pedis fue en esos años autora y colaboradora de mil y un crímenes propios y ajenos. Algunos la conocerán por la novela Romanzo criminale , del juez y escritor Giancarlo de Cataldo, que luego ha sido también película y serie de televisión. Renatino era El Dandi, siempre impecable, limpio y muy beato; Sabrina Minardi era Patrizia en la ficción. Más que amor, fueron amigos y amantes durante 10 años.
Ahora, tras pasar 25 años escondida de la justicia (fue arrestada por ayudar a huir a Renatino), Minardi ha reaparecido y ha decidido cantar. Contar sus secretos. Pero no todos, según advierte la periodista Raffaella Notariale en la introducción al fascinante libro de memorias Secreto criminal, la verdadera historia de la banda de la Magliana , recién publicado por la editorial romana Newton Compton y firmado a medias por ambas mujeres. Notariale fue quien rescató a Minardi del anonimato en 2006: "Le hice aquella entrevista en televisión, después dejé de verla, y de repente me llamó otra vez en octubre de 2009. Me dijo que quería seguir hablando".
Como meretriz, por sus muslos legendarios pasaron ministros, obispos, cardenales, futbolistas, mafiosos, millonarios, policías, espías, terroristas. Minardi, como De Pedis, toreaba en todo tipo de plazas. Por ejemplo, en San Pedro. Calvi, presidente de la Banca Ambrosiana, perdió la cabeza por ella.
Y el arzobispo Marcinkus no se quedó atrás. En la página 114 del libro, Minardi asegura que se acostó varias veces con el banquero de Dios: "No sé qué le habrían contado de mí, quizá que era alegre y mona con la gente generosa. En fin, el caso es que él quería estar conmigo". Incitada por la reportera, Minardi va tirando de la memoria: "No sabes cuántas chicas le llevaba al arzobispo".
Algunos medios italianos han afirmado que Minardi rompió su silencio porque necesita dinero; y que colabora con la justicia para aminorar sus problemas penales. La periodista Notariale explica que a ella no le pidió nunca un euro, y añade que Minardi está enferma, tiene un brazo casi inútil a causa de un accidente automovilístico, fue drogadicta (lleva años tomando psicofármacos, y la condena le fue conmutada por seis meses de rehabilitación) y está tratando de "ponerse en paz consigo misma y con su pasado".
Minardi lleva meses colaborando activamente con la justicia y se ha convertido en el gran testigo de cargo de la Fiscalía de Roma. Su contribución parece fundamental sobre todo para aclarar uno de aquellos grandes misterios sin resolver, quizá el más oscuro de todos: la desaparición de Emanuela Orlandi, una joven ciudadana vaticana, hija de un funcionario eclesial, que desapareció para siempre el 22 de junio de 1983, cuando tenía 15 años.
El caso estimuló durante este tiempo la imaginación de decenas de periodistas, jueces y policías. Alí Agca, el turco que atentó contra el Papa, aseguró que sabe dónde está. Pero solo Minardi parece haber dado pistas fiables. Gracias a su declaración, ya hay tres personas investigadas por el secuestro. Por primera vez en 30 años. Los tres son viejos amigos de De Pedis.
Según contó Minardi a los fiscales, el jefe de los Testaccini, es decir, Renatino, cabeza del ala más peligrosa y misteriosa de la banda de la Magliana, tuvo mucho que ver con el secuestro de Orlandi. Durante años se pensó que el gran secreto se escondía en la increíble tumba de Renatino, ubicada en la cripta de la basílica de Sant´Apollinare , iglesia gestionada por el Opus Dei desde 1992, a dos pasos de Piazza Navona, justo donde desapareció Emanuela Orlandi.
Cuando los fieles protestaron al vicario por haber dado sepultura en tan sacro lugar a semejante delincuente, fue nada menos que Giulio Andreotti quien salió en defensa del párroco: "Quizá De Pedis no ha sido un benefactor para la humanidad, pero desde luego ha sido un gran benefactor para Sant´Apollinare ", dijo el senador vitalicio, que hoy tiene 93 años.
Según Notariale, Minardi aclaró a los fiscales que el holding criminal de la Magliana tenía relación con la Mafia, la Camorra, la masonería, los servicios secretos, políticos como Andreotti, empresarios, banqueros y altos prelados.
Según una declaración de Minardi, entre 1982 y 1984, a pesar de estar huido de la justicia, Renatino cenó más de una vez en casa de Andreotti, cosa que éste desmintió (aunque no suele hacerlo porque dice que desmentir es dar una noticia dos veces).
Ante la Fiscalía y ante la periodista que la ha entrevistado, Sabrina Minardi ha declarado que la banda ingresaba su dinero en el Instituto para las Obras de Religión (IOR) a través de la Banca Ambrosiana, que entonces presidía Roberto Calvi. Ese dinero fresco y negro servía, entre otras cosas, para que Juan Pablo II financiara al sindicato Solidarnosc, de Lech Walesa, con la idea de abrir brecha en el bloque soviético, siempre según Minardi.
"Recuerdo que Renato una vez llegó a casa con una bolsa de Vuitton llena de dinero", cuenta Minardi en el libro. "Hicimos los paquetes, contamos mil millones de liras y al día siguiente se lo llevamos a Marcinkus".
Según su reconstrucción, De Pedis estaba indignado con la Santa Sede porque el presidente del IOR se negaba a devolver a las mafias el dinero que había ido ingresando. Minardi cuenta que el gánster tenía una relación de gran confianza con el cardenal Ugo Poletti, presidente de la Conferencia Episcopal italiana; pero que esa relación no le sirvió para recuperar la inversión. De modo que buscó una forma de chantajear al Vaticano. El procedimiento fue secuestrar a Emanuela Orlandi: "La secuestraron y la llevaron a la casa de mis padres en Torvaianica, cerca de Roma. Renato me dijo que el apartamento le servía para una noche, que era una emergencia, pero al final la tuvo allí un par de semanas. Renato y Sergio (su chofer) me la subieron en el coche", prosigue. La chica secuestrada "estaba trastornada, confusa, lloraba, reía. Le habían cortado el pelo de una forma obscena. Me dijo: ´Me llamo Emanuela´".
Un día, Renatino llegó a comer al restaurante Pippo l´Abruzzese; iba con Sergio, el chofer, y llevaban dos sacos, continúa. "Fuimos a una obra, y yo me quedé en el coche. ´Así hacemos desaparecer todas las pruebas´, dijeron". En uno de los sacos, sostiene la mujer, estaba el cuerpo de Orlandi, y en el otro, "el de un niño de 11 años al que mataron por vendetta: era Domenico Nicitra, hijo de otro miembro de la banda".
Según Minardi, la operación tenía un motivo: presionar al Vaticano para que devolviera a la mafia el dinero ingresado en el IOR a través del Ambrosiano. El nombre de Marcinkus quedó unido para siempre a la logia secreta Propaganda Due (P2) y a los escándalos financieros de la época, como el crash del Ambrosiano. Monseñor mantenía sólidas relaciones con personajes como Michele Sindona, el banquero de la Mafia, y el maestro de la P2 Licio Gelli. "Renatino veía bien a la masonería. Y conocía a Gelli", sostiene Sabrina Minardi. "Formaba parte de la lista secreta, de aquella que nunca se encontró. Siempre decía que ser masón te abría mil caminos nuevos, no solo por el dinero, sino porque el que pertenecía a ella nunca acababa siendo un desgraciado".
"Muy probablemente -escribe Notariale- Renatino intervino en la negociación abierta entre las cúpulas del Vaticano y la Cosa Nostra para restituir el dinero que la mafia había entregado al Ambrosiano a través de Calvi." Un favor hubo, "eso es seguro", concluye. "Si no, no se explica un tratamiento como el que le dieron al enterrarlo en Sant´Apollinare"´. Según la periodista, la decisión la tomó el jefe de los obispos italianos: su Eminencia Ugo Poletti.
"No vuelvas con dinero"
Pero volvamos a los tiempos felices de la pareja Minardi-Renatino: "Me hacía mil regalos, maletas de Louis Vuitton llenas de billetes de 100.000 liras, y me decía: ´Gástalo todo; si vuelves a casa con dinero, no te abro la puerta´".
La pasión duró dos años; Minardi pensaba que Renatino era lo que le había dicho, el dueño de un supermercado. Verdad en parte: había invertido los beneficios del tráfico de drogas en diversos negocios. Leyendo el periódico, Minardi se enteró de que era un mandamás de la temida Magliana. Empezó a atar cabos y le entró el pánico. En esos dos años de coca y peligro había visto muchas cosas, demasiadas. "Un día, unos sicarios intentaron raptar a mi hija, Valentina, y Renatino me dijo: ´Si te olvidas de todo lo que has visto, no le pasará nada´".
De Pedis se abrazaba y besaba con Pippo Calò, notorio mafioso siciliano y referente de Cosa Nostra en Roma; frecuentaba al faccendiere Flavio Carboni (hoy en la cárcel por conspiración masónica a favor de Berlusconi), despachaba con monseñor Marcinkus y con Calvi, y mandaba sobre magistrados que siempre conseguían su absolución... En realidad, Renatino se las daba de empresario, pero había sido un criminal desde la juventud. Profético, el delantero Giordano, que luego jugaría con Maradona en el Nápoles, advirtió a Minardi que nunca dejara a De Pedis tener en brazos a su hija: "Si un día hay tiros, la matarán a ella también. Al fin y al cabo, todos los capos terminan igual, con la boca sobre la acera".
En efecto, siete sicarios acribillaron a Renatino a balazos en la Via del Pellegrino, cerca de Campo dei Fiori, el 2 de febrero de 1990. Tenía 36 años. Ese día, Sabrina Minardi estaba con él, de compras por el barrio. Oyó los disparos desde una mercería. Luego, el bandido fue enterrado en el cementerio de Verano y más tarde trasladado en secreto a la basílica vaticana. Hace un mes, la Santa Sede ofreció a los fiscales la posibilidad de abrir la tumba. De momento, estos han desoído la invitación.
© EDICIONES EL PAIS, SL
Fuente: LaNación.com
Mediados de los años setenta, primeros ochenta. Italia era un polvorín. El laboratorio del mundo moderno. La vanguardia cultural y política. Plena Guerra Fría, los años de plomo. Palestinos e israelíes, la CIA y el KGB, las Brigadas Rojas y el terror negro. Los comunistas pactando con los democristianos. La mafia siciliana llenando las calles de heroína y cocaína. Pasolini asesinado en Ostia. Juan Pablo II preparando, con el Opus Dei, el inminente hundimiento del bloque soviético. Aldo Moro secuestrado. Aldo Moro asesinado. La matanza de la estación de Bolonia. Andreotti, El Divo, y su hipotético beso a Totó Riina, el capo sanguinario. Sordi y Gassman, Mastroianni, Fellini y Antonioni. Celentano y el arzobispo Paul Marcinkus, dando alegría a las finanzas de la Santa Sede. La quiebra del Banco Ambrosiano. El asesinato de Roberto Calvi (Londres, puente de los Frailes Negros). Y el de Michele Sindona, banquero de Cosa Nostra: un poco de veneno en el café.
Han pasado 30 años y casi todos aquellos oscuros misterios siguen siendo eso: misterios. Mejor dicho, secretos que no han sido develados. Delitos, muchas veces gravísimos, por los cuales los culpables jamás pagaron, ni pagarán. "Un país sin verdad", dijo Leonardo Sciascia. Un agujero negro, diríamos ahora.
De aquel agujero regresó hace cuatro años, de la forma más inesperada, a través de un programa de televisión -el "Quién sabe dónde" italiano-, una dama que cabalgó a fondo aquellos años locos y sangrientos. La dama se llamaba, y se llama, Sabrina Minardi.
Hoy tiene 50 años. Era una chica de familia humilde, nacida en el barrio romano de Trastevere. Mona, pero no guapísima, la belleza no le alcanzó para ser actriz. Pero le alcanzó de sobra para hacerse prostituta. De alto standing , lo que hoy se llamaría una escort .
Gracias a su oficio, Minardi conoció de cerca, muy de cerca, a muchos protagonistas de aquella época salvaje. Delinquió, observó, calló, tomó drogas a mansalva, ganó dinero a montones, lo dilapidó, enterró a sus amigos y desapareció.
Una historia de fábula
Su vida, como la de muchos jóvenes italianos de entonces, iba para fábula y acabó siendo un infierno. A los 19 años, casi adolescente, el 16 de junio de 1979, Minardi se casó con el delantero central del Lazio, Bruno Giordano, el emblema de aquel equipazo que pasó a los anales como el más cuchillero de la historia del fútbol. Fuera del campo, muchos de sus jugadores simpatizaban con los matones fascistas, varios llevaban pistola y/o navaja, las borracheras y las broncas eran frecuentes. Dentro del campo se comportaban igual: arrasaban lo que se les pusiera por delante. Por las buenas o por las malas.
La relación de Minardi con el patibulario capocannoniere , trasteverino como ella, de 23 años, ídolo de media Roma, duró poco. A los dos años nació Valentina, que hoy tiene 28 años. Pero enseguida Minardi se hartó de ver a Giordano posando con actrices de medio pelo en las revistas. Se separaron. Minardi ya no podría prescindir del riesgo, el lujo y el champán.
Pronto conoció al que sería su amante más fogoso, Enrico de Pedis, más conocido como Renatino. El tipo era uno de los tres jefes de la banda de la Magliana, la mafia que dominó Roma, sus palacios y su periferia durante casi una década. Una noche, Renatino vio a Minardi en un pianobar de Piazza Navona, y le mandó rosas y champán.
La banda de De Pedis fue en esos años autora y colaboradora de mil y un crímenes propios y ajenos. Algunos la conocerán por la novela Romanzo criminale , del juez y escritor Giancarlo de Cataldo, que luego ha sido también película y serie de televisión. Renatino era El Dandi, siempre impecable, limpio y muy beato; Sabrina Minardi era Patrizia en la ficción. Más que amor, fueron amigos y amantes durante 10 años.
Ahora, tras pasar 25 años escondida de la justicia (fue arrestada por ayudar a huir a Renatino), Minardi ha reaparecido y ha decidido cantar. Contar sus secretos. Pero no todos, según advierte la periodista Raffaella Notariale en la introducción al fascinante libro de memorias Secreto criminal, la verdadera historia de la banda de la Magliana , recién publicado por la editorial romana Newton Compton y firmado a medias por ambas mujeres. Notariale fue quien rescató a Minardi del anonimato en 2006: "Le hice aquella entrevista en televisión, después dejé de verla, y de repente me llamó otra vez en octubre de 2009. Me dijo que quería seguir hablando".
Como meretriz, por sus muslos legendarios pasaron ministros, obispos, cardenales, futbolistas, mafiosos, millonarios, policías, espías, terroristas. Minardi, como De Pedis, toreaba en todo tipo de plazas. Por ejemplo, en San Pedro. Calvi, presidente de la Banca Ambrosiana, perdió la cabeza por ella.
Y el arzobispo Marcinkus no se quedó atrás. En la página 114 del libro, Minardi asegura que se acostó varias veces con el banquero de Dios: "No sé qué le habrían contado de mí, quizá que era alegre y mona con la gente generosa. En fin, el caso es que él quería estar conmigo". Incitada por la reportera, Minardi va tirando de la memoria: "No sabes cuántas chicas le llevaba al arzobispo".
Algunos medios italianos han afirmado que Minardi rompió su silencio porque necesita dinero; y que colabora con la justicia para aminorar sus problemas penales. La periodista Notariale explica que a ella no le pidió nunca un euro, y añade que Minardi está enferma, tiene un brazo casi inútil a causa de un accidente automovilístico, fue drogadicta (lleva años tomando psicofármacos, y la condena le fue conmutada por seis meses de rehabilitación) y está tratando de "ponerse en paz consigo misma y con su pasado".
Minardi lleva meses colaborando activamente con la justicia y se ha convertido en el gran testigo de cargo de la Fiscalía de Roma. Su contribución parece fundamental sobre todo para aclarar uno de aquellos grandes misterios sin resolver, quizá el más oscuro de todos: la desaparición de Emanuela Orlandi, una joven ciudadana vaticana, hija de un funcionario eclesial, que desapareció para siempre el 22 de junio de 1983, cuando tenía 15 años.
El caso estimuló durante este tiempo la imaginación de decenas de periodistas, jueces y policías. Alí Agca, el turco que atentó contra el Papa, aseguró que sabe dónde está. Pero solo Minardi parece haber dado pistas fiables. Gracias a su declaración, ya hay tres personas investigadas por el secuestro. Por primera vez en 30 años. Los tres son viejos amigos de De Pedis.
Según contó Minardi a los fiscales, el jefe de los Testaccini, es decir, Renatino, cabeza del ala más peligrosa y misteriosa de la banda de la Magliana, tuvo mucho que ver con el secuestro de Orlandi. Durante años se pensó que el gran secreto se escondía en la increíble tumba de Renatino, ubicada en la cripta de la basílica de Sant´Apollinare , iglesia gestionada por el Opus Dei desde 1992, a dos pasos de Piazza Navona, justo donde desapareció Emanuela Orlandi.
Cuando los fieles protestaron al vicario por haber dado sepultura en tan sacro lugar a semejante delincuente, fue nada menos que Giulio Andreotti quien salió en defensa del párroco: "Quizá De Pedis no ha sido un benefactor para la humanidad, pero desde luego ha sido un gran benefactor para Sant´Apollinare ", dijo el senador vitalicio, que hoy tiene 93 años.
Según Notariale, Minardi aclaró a los fiscales que el holding criminal de la Magliana tenía relación con la Mafia, la Camorra, la masonería, los servicios secretos, políticos como Andreotti, empresarios, banqueros y altos prelados.
Según una declaración de Minardi, entre 1982 y 1984, a pesar de estar huido de la justicia, Renatino cenó más de una vez en casa de Andreotti, cosa que éste desmintió (aunque no suele hacerlo porque dice que desmentir es dar una noticia dos veces).
Ante la Fiscalía y ante la periodista que la ha entrevistado, Sabrina Minardi ha declarado que la banda ingresaba su dinero en el Instituto para las Obras de Religión (IOR) a través de la Banca Ambrosiana, que entonces presidía Roberto Calvi. Ese dinero fresco y negro servía, entre otras cosas, para que Juan Pablo II financiara al sindicato Solidarnosc, de Lech Walesa, con la idea de abrir brecha en el bloque soviético, siempre según Minardi.
"Recuerdo que Renato una vez llegó a casa con una bolsa de Vuitton llena de dinero", cuenta Minardi en el libro. "Hicimos los paquetes, contamos mil millones de liras y al día siguiente se lo llevamos a Marcinkus".
Según su reconstrucción, De Pedis estaba indignado con la Santa Sede porque el presidente del IOR se negaba a devolver a las mafias el dinero que había ido ingresando. Minardi cuenta que el gánster tenía una relación de gran confianza con el cardenal Ugo Poletti, presidente de la Conferencia Episcopal italiana; pero que esa relación no le sirvió para recuperar la inversión. De modo que buscó una forma de chantajear al Vaticano. El procedimiento fue secuestrar a Emanuela Orlandi: "La secuestraron y la llevaron a la casa de mis padres en Torvaianica, cerca de Roma. Renato me dijo que el apartamento le servía para una noche, que era una emergencia, pero al final la tuvo allí un par de semanas. Renato y Sergio (su chofer) me la subieron en el coche", prosigue. La chica secuestrada "estaba trastornada, confusa, lloraba, reía. Le habían cortado el pelo de una forma obscena. Me dijo: ´Me llamo Emanuela´".
Un día, Renatino llegó a comer al restaurante Pippo l´Abruzzese; iba con Sergio, el chofer, y llevaban dos sacos, continúa. "Fuimos a una obra, y yo me quedé en el coche. ´Así hacemos desaparecer todas las pruebas´, dijeron". En uno de los sacos, sostiene la mujer, estaba el cuerpo de Orlandi, y en el otro, "el de un niño de 11 años al que mataron por vendetta: era Domenico Nicitra, hijo de otro miembro de la banda".
Según Minardi, la operación tenía un motivo: presionar al Vaticano para que devolviera a la mafia el dinero ingresado en el IOR a través del Ambrosiano. El nombre de Marcinkus quedó unido para siempre a la logia secreta Propaganda Due (P2) y a los escándalos financieros de la época, como el crash del Ambrosiano. Monseñor mantenía sólidas relaciones con personajes como Michele Sindona, el banquero de la Mafia, y el maestro de la P2 Licio Gelli. "Renatino veía bien a la masonería. Y conocía a Gelli", sostiene Sabrina Minardi. "Formaba parte de la lista secreta, de aquella que nunca se encontró. Siempre decía que ser masón te abría mil caminos nuevos, no solo por el dinero, sino porque el que pertenecía a ella nunca acababa siendo un desgraciado".
"Muy probablemente -escribe Notariale- Renatino intervino en la negociación abierta entre las cúpulas del Vaticano y la Cosa Nostra para restituir el dinero que la mafia había entregado al Ambrosiano a través de Calvi." Un favor hubo, "eso es seguro", concluye. "Si no, no se explica un tratamiento como el que le dieron al enterrarlo en Sant´Apollinare"´. Según la periodista, la decisión la tomó el jefe de los obispos italianos: su Eminencia Ugo Poletti.
"No vuelvas con dinero"
Pero volvamos a los tiempos felices de la pareja Minardi-Renatino: "Me hacía mil regalos, maletas de Louis Vuitton llenas de billetes de 100.000 liras, y me decía: ´Gástalo todo; si vuelves a casa con dinero, no te abro la puerta´".
La pasión duró dos años; Minardi pensaba que Renatino era lo que le había dicho, el dueño de un supermercado. Verdad en parte: había invertido los beneficios del tráfico de drogas en diversos negocios. Leyendo el periódico, Minardi se enteró de que era un mandamás de la temida Magliana. Empezó a atar cabos y le entró el pánico. En esos dos años de coca y peligro había visto muchas cosas, demasiadas. "Un día, unos sicarios intentaron raptar a mi hija, Valentina, y Renatino me dijo: ´Si te olvidas de todo lo que has visto, no le pasará nada´".
De Pedis se abrazaba y besaba con Pippo Calò, notorio mafioso siciliano y referente de Cosa Nostra en Roma; frecuentaba al faccendiere Flavio Carboni (hoy en la cárcel por conspiración masónica a favor de Berlusconi), despachaba con monseñor Marcinkus y con Calvi, y mandaba sobre magistrados que siempre conseguían su absolución... En realidad, Renatino se las daba de empresario, pero había sido un criminal desde la juventud. Profético, el delantero Giordano, que luego jugaría con Maradona en el Nápoles, advirtió a Minardi que nunca dejara a De Pedis tener en brazos a su hija: "Si un día hay tiros, la matarán a ella también. Al fin y al cabo, todos los capos terminan igual, con la boca sobre la acera".
En efecto, siete sicarios acribillaron a Renatino a balazos en la Via del Pellegrino, cerca de Campo dei Fiori, el 2 de febrero de 1990. Tenía 36 años. Ese día, Sabrina Minardi estaba con él, de compras por el barrio. Oyó los disparos desde una mercería. Luego, el bandido fue enterrado en el cementerio de Verano y más tarde trasladado en secreto a la basílica vaticana. Hace un mes, la Santa Sede ofreció a los fiscales la posibilidad de abrir la tumba. De momento, estos han desoído la invitación.
© EDICIONES EL PAIS, SL
Fuente: LaNación.com
Suscribirse a:
Entradas (Atom)